Odiar, matar, sufrir…

Guerra en Siria,
bombas en París,
niños que mueren de hambre;
odiar, matar, sufrir…

En esta sociedad podrida,
que ha matado la esperanza,
solo queda la añoranza
de esos tiempos de bonanza
en los que celebrábamos la vida.

En esta sociedad podrida,
que ha matado la esperanza,
solo anhelo convencida
encontrar una salida
a la incontrolable matanza,
a la sed de venganza
de esta lucha tan vacía,
fruto de la tiranía
de alguna alma sombría.

Y no entiendo esa mala costumbre,
de convertir lo sano en podredumbre,
de permitir que todo se derrumbe
sólo por alcanzar la cumbre.

Estoy harta de este mundo corrupto,
que se alza por banderas
y que mata sin escrúpulos
por don dinero y sus fronteras.

¿quién hizo que un dólar
importara más que una vida?
¿y si sólo soy una bala perdida?
Pues me arranca las entrañas,
me estrangula y me araña,
esta sensación de impotencia,
ante tanta impaciencia,
ante tanta violencia,
fruto de la ignorancia
de la falta de tolerancia
de la brutal incongruencia.

Hoy pido que rompamos las cadenas,
que olvidemos las condenas,
que alcemos las manos al cielo,
y encontremos el consuelo
para perdonar y pasar el duelo.

Todos somos París;
todos somos Beirut;
todos somos Siria;
Irán y Palestina;
México y Brasil.
Todos vivimos aquí;
en este loco planeta.
Efímeros como un cometa,
inestables como una veleta.
No combatamos el odio
con más odio.

La ira sólo trae dolor, terror,
desprecio…

Combatámoslo con paz,
con un discurso mordaz,
con un hambre voraz
de solidaridad.

Y así, a lo mejor;
y solamente quizás,
saboreemos la pura libertad.

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Pensamientos desnutridos

Fumémonos el tiempo que nos queda;
desnudemos las muñecas
y vistamos nuestros podridos corazones.
Porque de almas destrozadas,
peladas de frío,
ya está lleno este mundo sombrío.
Cubrámoslas con flores y mantas,
con cafés recién hechos y con olor a lluvia.
Vistámoslas con hechos,
porque las cosas más hermosas,
se han dicho sin pronunciar ningún sonido.
Vistamos nuestros corazones,
porque el invierno es largo,
y jodidamente frío;
no por miedo al olvido,
ni al abandono prohibido.
Vistámoslas por nosotros,
por nuestras sombras sin sentido,
y nuestros huecos y vacíos.
Que cuando llegue el verano,
y el helor sea vencido,
yo seguiré por aquí;
dejando atrás el silencioso sigilo,
porque para vivir,
hay que hacer ruido.